Desde mis primeras pruebas, a Linux nunca le han gustado mis tarjetas gráficas nVidia de gama baja.
Usando los drivers genéricos (VESA) no tenía problema. Pero claro, sacan los gráficos por el procesador normal, y no incluye aceleración 3D. De modo que cualquier aplicación basada en gráficos bien iba muy lenta, bien no se dejaba abrir.
Probé a instalar los drivers oficiales de diversas formas. Con el paquete oficial, por repositorios, por el asistente EnvyNG, varias versiones, modificando el xorg.conf, etc., y el resultado siempre era el mismo: después de reiniciar el sistema obligatoriamente, Linux arranca, pero la tarjeta no envía ninguna imagen. Tenía que entrar cada vez en modo de recuperación y restaurar a los drivers genéricos.
Esta fue mi mayor frustración con respecto a Linux, aunque una vez sí que había funcionado al reiniciar sólo el servidor X. Pero al reiniciar el sistema por completo, lo mismo.
Esta mañana limpié mi torre a fondo (larga vida a las latas de aire comprimido), y pensé de nuevo en esto. “I’m feeling lucky. Voy a probar de nuevo.”
Me meto en la sección de Controladores de Hardware de mi Ubuntu 9.10.
Activo los drivers recomendados para mi actual tarjeta nVidia.
Reinicio.
…
…
…
¡¡NO PUEDE SER!!
Agito las ventanas. Activo los efectos de escritorio. Miro vídeos de más resolución. Instalo algún juego en 3D. Hasta pruebo Warcraft III vía Wine.
Juntad todas las expresiones de felicidad que se os ocurran, bailad el Caramelldansen un rato, y tendréis una idea de cómo me he sentido en ese momento.
Tras años de frustración, ¡funciona! ¡Funciona sin complicaciones!
Por fin puedo abrir videojuegos y Aegisub a gusto en este ordenador. (En el portátil, con Mint, me fue bien desde el principio)
¡Albricias! ¡Albricias!
Punto.